Gregorio Gutiérrez González

Este mundo es un fandango, quien no baila es un zoquete.


CAPÍTULO I

De los terrenos propios para el cultivo, y manera de hacerse los barbechos, que decimos rozas.

Buscando en donde comenzar la Roza,
De un bosque primitivo la espesura
Treinta peones y un patrón por jefe
Van recorriendo en silenciosa turba.

Vestidos todos de calzón de manta
de camisa de coleta cruda,
Aquél a la rodilla, ésta a los codos,
Dejan sus formas de titán desnudas.

El sombrero de caña con el ala
Prendida de la copa con la aguja,
Deja mirar el bronceado rostro,
Que la bondad y la franqueza anuncia.

Atado por detrás con la correa
Que el pantalón sujeta a la cintura,
Con el recado de sacar candela,
Llevan repleto su carriel de nutria.

Envainado y pendiente del costado
Va su cuchillo de afilada punta;
en fin, al hombro, con marcial despejo,
El calabozo que en el sol relumbra.

Al fin eligen un tendón de tierra
Que dos quebradas serpeando cruzan,
En el declive de una cuesta amena
Poco cargada de maderas duras.


Y dan principio a socolar el monte
Los peones formados en columna;
A seis varas distante uno de otro
Marchan de frente con presteza suma.

Voleando el calabozo a un lado y otro,
Que relámpagos forma en la espesura,
Los débiles arbustos, los helechos
los bejucos por doquiera truncan.

Las matambas, los chusques, los carrizos,
Que formaban un toldo de verdura,
Todo deshecho y arrollado cede
Del calabozo a la encorvada punta.

Con el rostro encendido, jadeantes,
Los unos a los otros se estimulan;
Ir adelante alegres quieren todos,
Romper la fila cada cual procura.

Cantando a todo pecho la guavina,
Canción sabrosa, dejativa y ruda,
Ruda cual las montañas antioqueñas,
Donde tiene su imperio y fue su cuna.

No miran en su ardor a la culebra
Que entre las hojas se desliza en fuga,
Y presurosa en su sesgada marcha,
Cinta de azogue, abrillantada ondula;

Ni de monos observan las manadas
Que por las ramas juguetonas cruzan;
Ni se paran a ver de aves alegres
Las mil bandadas, de pintadas plumas;

Ni ven los saltos de la inquieta ardilla,
Ni las nubes de insectos que pululan,
Ni los verdes lagartos que huyen listos,
Ni el enjambre de abejas que susurra.

Concluye la socola. De malezas
Queda la tierra vegetal desnuda.
Los árboles elevan sus cañones
Hasta perderse en prodigiosa altura,

Semejantes de un templo a los pilares
Que sostienen su toldo de verdura;
Varales largos de ese palio inmenso,
De esa bóveda verde altas columnas.

El viento, en su follaje entretejido,
Con voz ahogada y fúnebre susura,

Como un eco lejano de otro tiempo,
Como un vago recuerdo de ventura.

Los árboles sacuden sus bejucos,
Cual destrenzada cabellera rubia
Donde tienen guardados los aromas
Con que el ambiente, en su vaivén, perfuman.

De sus copas galanas se desprende
Una constante, embalsamada lluvia
De frescas flores, de marchitas hojas,
Verdes botones y amarillas frutas.

Muestra el cachimbo su follaje rojo,
Cual canastillo que una ninfa pura
En la fiesta de Corpus, lleva ufana
Entre la virgen, inocente turba.

El guayacán con su amarilla copa
Luce a lo lejos en la selva oscura,
Cual luce entre las nubes una estrella,
Cual grano de oro que la jagua oculta.

El azuceno, el floro-azul, el caunce
y el yarumo, en el monte se dibujan
Como piedras preciosas que recaman
El manto azul que con la brisa ondula.

Y sobre ellos gallarda se levanta,
Meciendo sus racimos en la altura,
Recta y flexible la altanera palma,
Que aire mejor entre las nubes busca.

Ved otra vez a los robustos peones
Que el mismo bosque secular circundan;
Divididos están en dos partidas,
Y un capitán dirige cada una.

Su alegre charla, sus sonoras risas,
No se oyen ya, ni su canción se escucha;
De una grave atención cuidado serio
Se halla pintado en sus facciones rudas.

En lugar del ligero calabozo
La hacha afilada con su mano empuñan;
Miran atentos el cañón del árbol,
Su comba ven, su inclinación calculan.

Y a dos manos el hacha levantando,
Con golpe igual y precisión segura,
Y redoblando golpes sobre golpes,
Cansan los ecos de la selva augusta.

Anchas astillas y cortezas leves
Rápidamente por el aire cruzan;
A cada golpe el árbol se estremece,
Tiemblan sus hojas, y vacila… y duda…

Tembloroso un momento cabecea,
Cruje en su corte, y en graciosa curva
Empieza a descender, y rechinando
Sus ramas enlazadas se apañuscan;

Y silbando al caer, cortando el viento,
Despedazado por los aires zumba.
Sobre el tronco el peón apoya el hacha
Y el trueno, al lejos, repetir escucha.

Las tres partidas observad. A un tiempo
Para echar una galga se apresuran;
En tres faldas distintas, el redoble
Se oye del hacha en variedad confusa.

Una fila de árboles picando
Sin hacerlos caer, está la turba,
Y arriba de ellos, para echarlo encima,
El más copudo por madrino buscan.

Y recostando andamios en su tronco
Para cortarlo a regular altura,
Sobre las bambas y al andamio trepan
Cuatro peones con destreza suma.

Y en rededor de corpulento tronco
Sus hachas baten y a compás sepultan,
repiten hachazos sobre hachazos
Sin descansar, aunque en sudor se inundan.

Y vencido por fin, cruje el madrino,
Y el otro más allá: todos a una,
Las ramas extendidas enlazando,
Con otras ramas enredadas pugnan;

Y abrazando al caer los de adelante,
Se atropellan, se enredan y se empujan,
así arrollados en revuelta tromba
En trueno sordo, aterrador retumban.

El viento azota el destrozado monte,
Leves cortezas por el aire cruzan,
Tiembla la tierra, y el estruendo ronco
Se va a perder en las lejanas grutas.

Todo queda en silencio. Acaba el día,
Todo en redor desolación anuncia.
Cual hostia santa que se eleva al cielo
Se alza callada la modesta luna.

Troncos tendidos, destrozadas ramas,
un campo extenso desolado alumbra,
Donde se ven como fantasmas negros
Los viejos troncos, centinelas mudos.


CAPÍTULO II

Que trata de la limpia y abono de los terrenos, muy especialmente por el método de la quema. De la manera de hacer las habitaciones, y de la siembra.

Un mes se pasa. El sol desde la altura
Manda a la Roza, vertical su rayo;
Ya los troncos, las ramas y las hojas
Han tostado los vientos del verano.

Las hojas en las ramas se encartuchan,
Sobre los troncos se blanquean los ramos,
las secas cortezas se desprenden
De trecho en trecho de los troncos largos.

Aquí y allá la enredadera verde
Tímida muestra sus primeros tallos,
La guadua ostenta su primer retoño
De terciopelo de color castaño.

Ya el verano llegó para la quema;
La Candelaria ya se va acercando;
Es un domingo a medio día. El viento
Barre las nubes en el cielo claro.

Por la orilla del monte los peones
Vagan al rededor del derribado,
Con los hachones de cortezas secas
Con flexibles bejucos amarrados.

Prenden la punta del hachón con yesca,
Y brotando la llama al ventearlo
Varios fogones en contorno encienden,
La Roza toda en derredor cercando.

Lame la llama con su inquieta lengua
La blanca barba a los tendidos palos;
Prende en las hojas y chamizas secas,
se avanza, temblante, serpeando.

Vese de lejos la espiral del humo
Que tenue brota caprichoso y blanco,
O lento sube en copos sobre copos
Como blanco algodón escarmenado.

La llama crece; envuelve la madera
Y se retuerce en los nudosos brazos,
Y silba, y desigual chisporrotea,
Lenguas de fuego por doquier lanzando.

Y el fuego envuelto en remolinos de humo,
Por los vientos contrarios azotado
Se alza a los cielos, o a lo lejos prende
Nuevas hogueras con creciente estrago.

Ensordecen los aires el traquido
De las guaduas y troncos reventando,
Del huracán el mugidor empuje,
De las llamas el trueno redoblado.

Y nubes sobre nubes se amontonan
Y se elevan, el cielo encapotando
De un humo negro que arrebata chispas,
Pardas cenizas y quemados ramos.

Aves y fieras asustadas huyen;
Pero encuentran el fuego a todos lados,
El fuego, que se avanza lentamente.
Estrechando su círculo incendiario.

Al ave que su prole dejar teme,
La encierra el humo, al rededor volando,
con sus alas chamuscadas cae
Junto del nido que le fue tan caro.

Aquí y allá se vuelve la serpiente
Buscando una salida, y en su espanto
Se exaspera, se enrosca, se retuerce,
Y el fuego cierra el reducido campo.

Del aire al soplo se dilata el humo
Hasta que llena el anchuroso espacio;
Rosados se perciben los objetos;
Redondo y rojo el sol se ve sin rayos.

Sobre el monte, la Roza y el contorno
Tiende la noche su callado manto
Bordado con las chispas del incendio
Que parecen cocuyos revolando.

Y con la incierta luz de mil fogones,
Restos aun vivos del ardiente estrago,
Se ve de lejos la quemada Roza
Cual vivac de un ejército acampado.

El lunes de mañana los peones
Van, en la Roza, a improvisar un rancho;
Como hormigas arrieras se dispersan
Los materiales cada cual buscando.

Van llegando cargados con horquetas,
Estantillos, soleras, encañados,
Latas y paja y ruedas de bejuco,
Y todo en un plancito amontonando.

En línea recta clavan tres horquetas,
Y echan sobre ellas la cumbrera en alto
Para formar el rancho vara en tierra,
Con un pequeño alar al otro lado.

Atan los encañados con bejuco
En la larga cumbrera recostados,
Y formando sobre ellos una reja
Acaban de enlatar con ágil mano.

Empezando de abajo para arriba
El rancho en derredor van empajando;
Pajas diversas confundidas mezclan,
Palmicho, santainés y rabihorcado.

Y después de formarle el caballete
Lo dividen en dos con un cercado.
De un lado colocan la cocina,
De habitación les servirá el contrario.

Hacen la barbacoa, en que colocan
Las ollas, las cucharas y los platos;
Ponen la vara de colgar la carne,
Y las tres piedras de fogón debajo.

La piedra de moler en cuatro estacas
Aseguran muy bien, y en otras cuatro
Sientan una cuyabra aparadora,
Y a su lado, con agua, un calabazo.

Es hora de sembrar. Ya los peones
Con el catabre sembrador terciado,
Se colocan en fila al pie del monte,
Guardando de distancia cuatro pasos;

Y con un largo recatón de punta
Hacen los hoyos con la diestra mano,
Donde arrojan mezclada la semilla:
(Un grano de frisol, de maíz cuatro).

Dan con el mismo recatón un golpe
Sobre el terrón, para cubrir el grano,
otros hoyos haciendo, en recto surco,
Siguen de frente y avanzando un paso.

Se miran desplegados en guerrilla,
Como haciendo ejercicio los soldados;
Como blancas manadas de corderos,
Sobre el oscuro fondo del quemado.

Cantando alegres, siempre la guavina,
Teñidos de carbón, siguen sembrando,
Haciendo calles paralelas, rectas...
Y al llegar la oración vuelven al rancho.

CAPÍTULO III

Método sencillo de regar las sementeras, y provechosas advertencias para espantar los animales que hacen daño en los granos.

Hoy es domingo. En el vecino pueblo
Las campanas con júbilo repican;
Del mercado en la plaza ya hormiguean
Los campesinos al salir de misa.

Hoy han resuelto los vecinos todos
Hacer a la patrona rogativa,
Para pedirle que el verano cese,
Pues lluvia ya las rozas necesitan.

De golpe el gran rumor calla en la plaza,
El sombrero, a una vez, todos se quitan...
Es que a la puerta de la iglesia asoma
La procesión en prolongada fila.

Va detrás de la cruz y los ciriales
Una imagen llevada en andas limpias,
De la que siempre, aun en imagen tosca,
Llena de gracia y de pureza brilla.

Todo el pueblo la sigue, y en voz baja
Sus oraciones cada cual recita,
Suplicando a los cielos que derramen
Fecunda lluvia que la tierra ansía.

¡Hay algo de sublime, algo de tierno
En aquella oración pura y sencilla,
Inocente paráfrasis del pueblo
Del “Danos hoy el pan de cada día!”

Nuestro patrón y el grupo de peones
Mezclados en la turba se divisan
Murmurando sus rezos, porque saben
Que Dios su oreja a nuestro ruego inclina.

Pero, no. Yo no quiero con vosotros
Asistir a esa humilde rogativa;
Porque todos nosotros somos sabios,
Y no quisimos asistir a misa.

Y ya la moda va quitando al pueblo
El único tesoro que tenía.
(Una duda me queda solamente:
¿Con qué le pagará lo que le quita?)

Brotaron del maíz en cada hoyo
Tres o cuatro maticas amarillas,
Que con dos hojas anchas y redondas
La tierna mata de frisol abriga.

Salpicada de estrellas de esmeralda
Desde lejos la Roza se divisa;
Manto real de terciopelo negro
Que las espaldas de un titán cobija.

Aborlonados sus airosos pliegues,
Formados de cañadas y colinas;
Con el humo argentado de su rancho,
De sus quebradas con la blanca cinta.

El maíz con las lluvias va creciendo
Henchido de verdor y lozanía,
Y en torno dél, entapizando el suelo
Va naciendo la hierba entretejida.

Por doquiera se prenden los bejucos
Que la silvestre enredadera estira;
Y en florida espiral trepando, envuelve
las cañas del maíz la batatilla.

Sobre esa alfombra de amarillo y verde
Los primeros retoños se divisan,
Que en grupos brotan del cortado tronco
A quien su savia exuberante quitan.

Ya llegó la deshierba; la ancha Roza
De peones invade la cuadrilla,
Y armados de azadón y calabozo
La hierba toda y la maleza limpian.

Queda el maíz en toda su belleza,
Mostrando su verdor en largas filas,
En las cuales se ve la frisolera
Con lujo tropical entretejida.

¡Qué bello es el maíz! Mas la costumbre
No nos deja admirar su bizarría,
Ni agradecer al cielo ese presente,
Sólo porque lo da todos los días.

El don primero que “con mano larga”
Al Nuevo Mundo el Hacedor destina;
El más vistoso pabellón que ondula
De la virgen América en las cimas.

Contemplad una mata. A cada lado
De su caña robusta y amarilla,
Penden sus tiernas hojas arqueadas,
Por el ambiente juguetón mecidas.

Su pie desnudo los anillos muestra
Que a trecho igual sobre sus nudos brillan,
Y racimos de dedos elegantes,
En los cuales parece que se empina.

Más distantes las hojas hacia abajo,
Más rectas y agrupadas hacia arriba,
Donde empieza a mostrar tímidamente
Sus blancos tilos la primera espiga,

Semejante a una joven de quince años,
De esbeltas formas y de frente erguida,
Rodeada de alegres compañeras
Rebosando salud y ansiando dicha.

Forma el viento al mover sus largas hojas,
El rumor de dulzura indefinida
De los trajes de seda que se rozan
En el baile de bodas de una niña.

Se despliegan al sol y se levantan
Ya doradas, temblando, las espigas,
Que sobresalen cual penachos jaldes

Brota el blondo cabello del filote,
Que muellemente al despuntar se inclina;
El manso viento con sus hebras juega
Y cariñoso el sol las tuesta y riza.

La mata el seno suavemente abulta
Donde la tusa aprisionada cría,
allí los granos, como blancas perlas,
Cuajan envueltos en sus hojas finas.

Los chócolos se ven a cada lado,
Como rubios gemelos que reclinan
En los costados de su joven madre
Sus doradas y tiernas cabecitas.

El pajarero, niño de diez años,
Desde su andamio sin cesar vigila
Las bandadas de pájaros diversos
Que hambrientos vienen a ese mar de espigas.

En el extremo de una vara larga
Coloca su sombrero y su camisa,
Y silbando, y cantando, y dando gritos
Días enteros el sembrado cuida.

Con su churreta de flexibles guascas
Que fuertemente al agitar rechina,
Desbandadas las aves se dispersan.
Y fugitivas corren las ardillas.

Los pericos en círculos volando
En caprichosas espirales giran,
Dando al sol su plumaje de esmeralda
Y al aire su salvaje algarabía.

Y sobre el verde manto de la Roza
El amarillo de los toches brilla,
Cual onzas de oro en la carpeta verde
De una mesa de juego repartidas.

Meciéndose galán y enamorado
Gentil turpial en la flexible espiga,
Rubí con alas de azabache, ostenta
Su bella pluma y su canción divina.

El duro pico del chamón desgarra
De las hojas del chócolo las fibras,
Dejando ver sus granos cual los dientes
De una bella al través de su sonrisa.

Su nido conoidal cuelga el gulungo
De un árbol en las ramas extendidas,
Y se columpia blandamente al viento,
Incensario de rústica capilla.

La boba, el carriquí, la guacamaya,
El afrechero, el diostedé, la mirla,
Con sus pulmones de metal que aturden,
Cantan, gritan, gorjean, silban, chillan.

CAPÍTULO IV

De la recolección de frutos y de cómo deben alimentarse los trabajadores.

Es un alegre amanecer de junio;
El sol no asoma, pero ya blanquea
Por el oriente el aplomado cielo
Con la sonrisa de su luz primera.

Ya dio el gurrí su fúnebre chillido
Largo y agudo, en la vecina selva;
Ya la roza se va cubriendo en partes
Con los jirones de su chal de nieblas.

Lanza la choza cual penacho blanco
La vara de humo que se eleva recta;
Es que antes que el sol y que las aves
Se levantó, al fogón, la cocinera.

Ya tiene preparado el desayuno
Cuando el peón más listo se despierta;
Chocolate de harina en coco negro
Recibe cada cual, con media arepa.

Con un costal terciado cada uno,
Todos saliendo van; sólo se queda
El muchacho que debe cargar agua,
Fregar los trastos y rajar la leña.

Van a coger frisoles; por la Roza
Los peones sin orden se dispersan
Cogiendo a manotadas los racimos
Que de las matas enredados cuelgan.

Los chócolos picados por las aves
Cogen también, y los que están en tierra
Echan en el costal y los revuelven
De los frisoles con las vainas secas.

El que llena su tercio a vaciarlo
Va en el rancho, y se vuelve a la faena;
Y llenando y vaciando sus costales
Siguen sin descansar hasta que almuerzan.

Mientras que van y vuelven los peones
Que han almorzado ya, la cocinera
Infatigable y siempre con buen modo,
Se ocupa sin cesar en sus tareas.

En la misma cuyabra aparadora
Pone el maíz a remojar, y deja
La mitad para hacer la mazamorra,
La otra mitad para moler la arepa.

Era la cocinera una muchacha
Ágil, arrutanada, alta y morena,
Que su saya de fula con el chumbe
En su cintura arregazada lleva.

Descubiertos los brazos musculosos
Y la redonda pantorrilla muestra
Con inocente libertad, pues sabe
Que sólo para andar sirven las piernas.

Su seno prominente a medias cubre
La camisa de tira de arandela,
En donde se sepulta su rosario
Con sus cuentas de oro y su pajuela.

Un tanto cortas, negras y brillantes,
De su negro cabello las dos trenzas,
Rematando sus puntas en cachumbos
Graciosamente por la espalda cuelgan.

Pero vedla cascando mazamorra,
O moliendo en su trono, que es la piedra;
A su vaivén cachumbos y mejillas,
Arandelas y seno, todo tiembla.

Arreglado el fogón alza dos ollas,
los frisoles echa en la pequeña;
Va en la grande a poner la mazamorra,
De su quehacer la operación más seria.

Se moja en agua-masa las dos manos,
Las pone encima de ceniza fresca,
Las sacude muy bien, y en la agua-masa
Las lava luego y la ceniza deja.

De agua-masa y arroz llena la olla,
Le echa la bendición, y la menea
Con el ahumado mecedor de palo;
Sopla el fogón y aviva la candela.

Acaba de moler, y con la masa
Va extendiendo en las manos las arepas,
Colócalas después en la callana,
Y tostadas de un lado las voltea.

Y luego las entierra en el rescoldo,
Y brasas amontona encima de ellas,
Y chócolos encima de las brasas
Pone a asar recostados a las piedras;

Estos se van dorando poco a poco;
Los granos al calor se caponean
¡Y exhalan un olor...! que aun los peones
Cuando vienen, un chócolo se llevan.

A las dos de la tarde suena el cacho
Para que todos hacia el rancho vengan,
Pues ya está la comida. Van llegando
en el suelo sentados forman rueda.

El muchacho que ayuda en la cocina
Reparte a los peones las arepas;
De frisoles con carne de marrano
Un plato lleno a cada par entrega.

En seguida les da la mazamorra,
Que algunos de ellos con la leche mezclan;
Otros se bogan el caliente claro,
Y se toman la leche con la arepa.

Medio cuarto de dulce melcochudo
Les sirve para hacer la sobremesa,
Y una totuma rebosando de agua
Su comida magnífica completa.

¡Salve, segunda trinidad bendita
Salve, frisoles, mazamorra, arepa!
Con nombraros no más se siente hambre.
“¡No muera yo sin que otra vez os vea!”

Pero hay ¡gran Dios! algunos petulantes
Que sólo porque han ido a tierra ajena
Y han comido jamón y carnes crudas,
De su comida y su niñez reniegan,

Y escritores parciales y vendidos
De las papas pregonan la excelencia,
Pretendiendo amenguar la mazamorra,
Con la calumnia vil, sin conocerla.

Yo quisiera mirarlos en Antioquia
Y presentarles la totuma llena
de mazamorra de esponjados granos,
Más blancos que la leche en que se mezclan;

Que metieran en ella la cuchara,
Y la sacaran del manjar repleta,
Cual isla de marfil que en leche flota,
Como mazorca de nevadas perlas;

Y que dejando chorrear el claro
La comieran después, y que dijeran,
Si es que tienen pudor, ¿si con las papas,
Alguno habrá que compararla pueda?

¡Oh! ¡comparar con el maíz las papas,
Es una atrocidad, una blasfemia!
¡Comparar con el rey que se levanta
La ridícula chiza que se entierra!

Y ¿qué dirían si frisoles verdes
Con el mote de chócolo comieran
Y con una tajada de aguacate
Blanda, amarilla, mantecosa, tierna...?

¿Si una postrera de espumosa leche
Con arepa de chócolo bebieran,
Una arepa dorada envuelta en hojas,
Que hay que soplar porque al partirla humea?

¿Y la natilla...? ¡Oh! la más sabrosa
De todas las comidas de la tierra,
Con aquella dureza tentadora
Con que sus flancos ruborosos tiemblan...

¡Y tú también, la fermentada en tarros,
Remedio del calor, chicha antioqueña!
¡Y el mote, los tamales, los masatos,
El guarrús, los buñuelos, la conserva...!

¡Y mil y mil manjares deliciosos
Que da el maíz en variedad inmensa...!
Empero con la papa, la vil papa,
¿Qué cosa puede hacerse.? No comerla.

A veces el patrón lleva a la Roza
A los niños pequeños de la hacienda,
Después de conseguir con mil trabajos
Que conceda la madre la licencia.

Sale la gritadora, alegre turba,
A asistir juguetona a la cogienda,
Con carrieles y jíqueras terciados
Cual los peones sus costales llevan.

¿Quién puede calcular las mil delicias
Que proporciona tan sabrosa fiesta...?
¡A malaya volver a aquellos tiempos!
¡A malaya esa edad pura y risueña!

Avaro guarda el corazón del hombre
Esos recuerdos que del niño quedan;
Ese rayo de sol en una cárcel,
Es el tesoro de la edad provecta.

También la juventud recuerdos guarda
De placeres sin fin... pero con mezcla.
Las memorias campestres de la infancia
Tienen siempre el sabor de la inocencia.

Esos recuerdos con olor de helecho
Son el idilio de la edad primera,
Son la planta parásita del hombre
Que, aun seco el árbol, su verdor conservan.

Pero, en tanto vosotros, pobres socios
De una Escuela de Artes y de Ciencias,
Siempre en medio de libros y papeles
Y viviendo en ciudades opulentas;

Nacidos en la alcoba empapelada
De una casa sin patios y sin huerta,
Y que jamás otro árbol conocisteis
Que el naranjo del patio de la escuela.

Vosotros ¡ay! cuyos primeros pasos
Se dieron en alfombras y en esteras
Y, lo que es más horrible, ¡con botines!
¡Vosotros, que nacisteis con chaqueta!

¡Vosotros, que no os criasteis en camisa
Cruzando montes y saltando cercas,
¡Oh! no podéis saber, desventurados,
Cuánta es la dicha que un recuerdo encierra!

¿Con cuál, decidme, alegraréis vosotros
De la helada vejez las horas lentas,
Si no tuvisteis perros ni gallinas
Ni habéis matado patos ni culebras?

No endulzarán vuestros postreros días
El sabroso balar de las ovejas,
De las vacas el nombre, uno por uno,
La imagen del solar, piedra por piedra;

Las sabaletas conservadas vivas,
Sirviendo de vivero una batea;
Las moras y guayabas del rastrojo,
El columpio del guamo de la huerta;

La golondrina a la oración volando
Alrededor de las tostadas tejas,
La queja del pichón aprisionado,
La siempre dulce reprensión materna;

La cometa enredada en el papayo,
Los primeros perritos de Marbella...
En fin... vuestra vejez será horrorosa,
Pues no habéis asistido a una cogienda.

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