Gregorio Gutiérrez González

Este mundo es un fandango, quien no baila es un zoquete.


A mi amigo Demetrio Viana

“al aliento del amor, no siempre desaparece el dolor, o el mismo hace otros dolores y angustias…”

¡Aleluya, aleluya! Ya la muerte
Con su dedo de hielo me tocó;
Sie l fin de la vida es ése,
Mientras más cerca nuestro fin , ¡Mejor!

Poco sufre el que escucha su sentencia,
Y más si condenar es absolver,
Ese fallo infalible que se espera
Poco le debe atormentar a él.

Más tú dirás que la existencia es bella
Y qu es negro y dudoso el porvenir…
Pero hoy es dudoso y nos aterra,
¿No es más dudoso más allá ese fin?

Es muy buena la vida, como dices,
Puede un hombre viviendo ser feliz,
Pero sólo el momento en que nos ríe
La muerte amiga que nos llama a sí.

Si nadie se alza de su helada tumba,
Si no resucita nunca aquí,
¡Oh bendita la muerte, que asegura
Que jamás volvemos a vivir!

¿Dónde está la desgracia? ¿En dónde se halla,
Jamás felicidad, siempre dolor?
En la vida ¿No es cierto? Y si ella acaba
¿Será el morir felicidad, o no?

Pero hay hombres que adulan la existencia,
Optimistas en todo, como tú,
Que ufanos dicen: “Nuestra vida es prueba…”
Más ¿qué entre prueba y dicha hay de común?

La muerte que se acerca ¿a cuántos hace
Un delito cobarde suspender?
Pues ya próxima viéndola delante
¿Quién necio, la apresura, y para qué…?

La muerte nos reune a los que antes
Alzaron vuelo a la feliz región…
Nuestras almas no pueden separarse…
Pero…¿Al que vive hay que decirle adiós…?

¿Es preciso dejar a los que amamos?
¿Con que es MORIR también SEPARACIÓN…?
Y a la esposa, a los hijos, madre, hermanos
¿Dejarlos y partir? ¡No Viana, no!

Yo no quiero morir…solo a lo menos,
Si es que deb
llorar alguien por mí
¡Yo no quiero morir…yo tengo miedo!
¡Oh miedo dde qedarme y de partir…!

¿Con que al cerrar mis ojos, ojos yertos,
Alrededor de mi desierto hogar,
(¡Mi hogar, mi hogar…! ¡Qué digo! ¡Hogar ajeno!)
¿Los que ven mi partida llorarán…?

¿Con qué pudiera yo evitar de Julia
Una lágrima sola, una no más…
Con solo no morir? Demetrio busca
Un remedio eficaz para mi mal…

¡Ella y ellos dispersos sufriendo…
Y tal vez tanto como sufro yo…!
¡Yo no quiero apartarme nunca de ellos…!
¡Yo no quiero morir…! ¡Gracias a mi Dios!

¡Prolóngame la vida mientras vivan
Los que me obligan hoy abandonar…!
¡Haz, mi Dios, que me quede o que me sigan!
¡Pero yo solo, no, Dios de bondad…!

Ellos sin í, ¿qué harán? ¡Oh! ¡la miseria,
Que ha incado ya sus garras de metal,
Seguirá si me voy…! ¡Necio! ¡Si ella
Sólo por mí la experimentan ya…!

¡Oh! ¡y eso es verdad! ¡Soy un estorbo…!
¡No puede estar la dicha en donde estoy…!
¡Aleluya, aleluya…! Reconozco
Que sí debo morir… ¡Lo quiere Dios!
1869

1869. A Julia
“Juntos tú y yo vinimos a la vida,
Llena tú de hermosura y yo de amor,
A ti vencido yo, tú a mi vencida,
Nos hallamos por fin juntos los dos”.

Así te dije; ¡Oh Dios!... ¡Quién creería
Que no hiciera milagros el amor!
¡Cuántos años pasaron, vida mía,
Y excepto nuestro amor, todo pasó.

¡Con cuánto orgullo yo añadí: mi brazo
Te servirá en la vida de sostén!
De nuestro amor el encantado lazo
Risueño, ufano, al mundo lo mostré.

¡Mucho, mucho, mi Julia, hemos sufrido!
Un abismo descubro entre hoy y ayer:
Más el débil fui yo, yo fui el vencido;
Tú, fuerte de los dos, tuviste fe.

Y tu fe te ha salvado y me ha salvado,
Pues unidos vinimos hasta el fin,
Cual dos olas gemelas que han rodado
En busca de una playa en qué morir.

Basta para una vida haberte amado:
Ya he llenado con esto mi misión.
He dudado de todo… he vacilado,
Más sólo incontrastable hallé mi amor.

Julia, perdón si al fin de la carrera
Fatigado y sin fuerzas me rendí…
¡Si tu suerte enlazada no estuviera
Con mi suerte, tal vez fueras feliz!

Tú fuiste para mí como la roca
Al solo y casi náufrago bajel,
Que, el ancla en ella al arrojar, provoca
Las tempestades que en contorno ve.

Empero, la borrasca no te arredra,
Aunque se avanza hacia nostros dos,
Y has querido morir como la hiedra
Que se abraza del olmo protector.

Fue desigual la unión de nuestros lares:
Yo con mis fallas, tú con la virtud,
Tú dándome tú amor, yo mis pesares…
¡Oh! ¡Debiste salvarte, sola, tú!

Mas de la vida en la penosa lucha,
Ya en el fin, como debes hallar
Un consuelo supremo, Julia escucha:
Si no como antes, nos amamos más.

1869

¡A NADA!

(Estaba un día el poeta ocupado, y quizá de mal humor, cuando le presentaron un merengue que le enviaba su amiga Edelmira, con este recado: “Que le diga a qué sabe”; a lo cual contestó: “Dígale que a nada”. La obsequiosa señorita, que a su vez había recibido como regalo el exquisito merengue de manos de unas amigas suyas, no quedó naturalmente muy satisfecha con la contestación; así se lo manifestó al poeta apenas le vio, y él entonces, en desagravio, le escribió estos versos).

“...líquida de nuestras cosas terrenales...”

I

¿Me preguntas, Edelmira,
A qué me supo esa pasta
Llamada por ti merengue?
Pues oye: me supo a nada.
A nada, muy formalmente
Te lo repito: esto basta.

El sabor es, Edelmira,
Cual la voz, cual la mirada,
Cual todo lo que sentimos
Y cuyo juez es el alma.
Y si no, dime, ¿qué dicen
Los pájaros cuando cantan?
¿Qué dicen cuando murmuran
En blancas guijas las aguas?
¿Qué dice la blanda brisa
Cuando tropieza en las ramas,
Y el fiero mar que se escucha
Cuando colérico brama?

¿Qué los truenos cuando rugen
Y entre las nubes estallan?
¿Qué los volcanes publican
Cuando vomitan su lava?
¿Qué se oye, di, cuando suenan
Repicando las campanas,
Y de un péndulo el latido,
Y el de un perro cuando ladra?
Dime, ¿no es cierto, Edelmira,
Que brisas, rumores, auras,
Truenos, volcanes, sonidos,
Son mudos, no dicen nada?

¿No has visto tú algunos ojos
Que nos miran y que callan?
¿No has visto algunas sonrisas
Que entre dos hoyuelos vagan
bajo naciente bozo
Furtivamente se escapan?
¿Qué dicen esas sonrisas,
Mudo lenguaje del alma?

En el campo, a la oración
¿No has estado reclinada
Mirando pasar las nubes
Que en mil grupos se abrillantan,
Que se escarmenan, se apiñan,
Negras, plomizas o blancas,
Cuando el sol al esconderse
Débiles rayos les lanza?
Y allí mismo en esas horas

En el césped recostada,
¿No oíste mugir los toros,
No oíste bramar las vacas,
Y del caballo el relincho,
Y el balido de las cabras,
Currucutear las palomas,
Y al gallo cantar, si canta?
¿No oíste de las gallinas
La monótona algazara,
Cuando disputan un puesto
De un árbol entre las ramas,
Y susurrar las abejas
Cuando anhelantes enjambran,
Y a la torcaz que solloza
Cuando todo rumor calla?
Edelmira, di, Edelmira,
Todo esto, ¿qué dice? Nada.


II

A nada, es decir, a todo,
Porque esta palabra vaga,
Como el maná del desierto
A cualquier gusto se adapta.
Se escucha lo que se quiere
Porque es fotógrafa el alma,
Y con su luz un deseo
Es realidad y resalta.

Y si no, dime, Edelmira,
Cuando los pájaros cantan,
¿No te expresan lo que anhelas,
Lo mismo que oculto guardas?
Cuando las aguas murmuran,
¿No responden en su habla
A una pregunta secreta
Que estás haciendo aunque callas,
Respuesta que a nadie pides,
Pero que confiada aguardas?
Y en las brisas apacibles
Cuando sacuden sus alas,
¿No escuchas en tus oídos
Los mil suspiros que pasan?
III

Nos forja la fantasía
Lo que la mente anhelara,
Y oímos lo que queremos
Si repican las campanas,
Si mugen fieros los toros,
Si braman tiernas las vacas,
Si melancólica arrulla
La paloma enamorada,
Si el relincho percibimos
Del alazán cuando escarba,
el ladrido de los perros,
el gallo criollo que canta,
La torcaz que se lamenta,
las cabras cuando balan.

El mar, el volcán, el trueno
¿No te espantan cual te espanta
La realidad de un martirio
Que sus sonidos retrata?
En las nubes caprichosas,
Que tímidamente vagan,
¿No ves fantasmas, vestiglos,
Demonios, ángeles, hadas,
De púrpura inmensos ríos,
De plomo negras montañas,
Formando así tu capricho
La figura deseada?

Las sonrisas dicen mucho,
Dicen más que las palabras,
Crepúsculo vespertino
tinte róseo del alba,
Ya sean de ira o despecho,
Ya de amor o de esperanza.
Y los ojos, oh Edelmira,
El telégrafo del alma,
¿Cuántas cosas no nos cuentan
Con una sola mirada?

¡Oh! Cuán amargas las penas
Son en las horas calladas
De una noche de aflicción...
¡Tan lentas horas no acaban!
Y por eso los murmullos
Que llegan a la almohada
Nos dicen cosas tan tristes,
Que mejor fuera ignorarlas.
Y si postrada en el lecho
Sientes la fiebre que mata,
¿No oyes que el péndulo imita
De la muerte las pisadas,
Cuando palpitando acordes
Tu sien y el péndulo marchan?
Que el péndulo y las arterias
Compás acordado marcan,
A la sangre que circula
Y al tiempo fugaz que pasa.

En fin, sonidos, rumores
Sombras, sonrisas, miradas,
Volcanes, nubes y truenos
Dicen todo, o dicen nada.


IV

Convengamos, Edelmira,
En que no sabiendo a nada
Ese merengue exquisito,
Mil cosas ocultas guarda.
Yo al probarlo estaba viendo
Esas manos delicadas
De las graciosas criaturas
Que aéreas cosas amasan;
Creí que estaba leyendo
El interior de sus almas,
Y en su limpio fondo escritas
Sus ilusiones galanas.
Me supo, y me supo a mucho,
Porque no me supo a nada...
Y veía, sobre todo,
Que aquella bendita pasta,
Pasando antes por las tuyas,
Luego a mis manos llegaba;
Y pensando en ti leía
Lo que allá en tu pecho pasa,
Donde a leer he aprendido
Por tu voz y tu mirada.

Concluyamos, Edelmira,
¿A qué me supo esa pasta?
A lo mismo que estos versos:
Me supo a todo y a nada.

1871

LA ORACIÓN

Bien hace aquel que prosternado cae
Y confiesa y alaba a su Señor;
Creer y confesar tal vez lo salven,
Pero es dulce, es mejor pedirle a Dios.

Confiad en la oración, llama que sube
Hasta las salas de la eterna luz,
Telégrafo instantáneo que nos une
Con la patria de amor, patria común.

Las plegarias, que son alas del alma,
La llevan recta hasta encontrar a Dios,
Y oración que a su trono se levanta
Baja trayendo alguna bendición.

Pedidle a Aquél en cuya mansa boca
Tantas promesas para todos hay;
No temáis implorarle a todas horas;
Creed en el Pedid y se os dará.

Si no alcanzáis lo que pedís fervientes
(¡Misterioso poder de la oración!),
Encontraréis de los pedidos bienes
Después de orar, necesidad menor.

1872

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