Gregorio Gutiérrez González

Este mundo es un fandango, quien no baila es un zoquete.


Jorge Isaacs y Gutiérrez González en Sonsón. Crónicas de Sonsón.

Era Gregorio Gutiérrez González, hombre de cálida, rica y generosa sangre. Y cómo no? Hirviendo la de los Garcilasos y Joel en su enorme corazón, bajo una cabeza alta, de cumbre andina, cráneo que admiraba de su obra la naturaleza no se atrevió a retocar qué habría de suceder?

En De todo el maíz de Benigno A. Gutiérrez, se halla constancia de la presencia en Sonsón del autor de María, la novela inmortal.

Jorge Isaacs, apareado con el dulcísimo bardo de las tres Gées, inicia el desfile de los renombrados que por acá hemos oído, el tumultoso y atormentado Isaacs. Escuchémosle:

¿Nombré a Gutiérrez González? Ah! Cómo erró a veces su espíritu luminoso! Tan baja y honda y oscura era para él la mansión de la tierra!
Era Gregorio Gutiérrez González, hombre de cálida, rica y generosa sangre. Y cómo no? Hirviendo la de los Garcilasos y Joel en su enorme corazón, bajo una cabeza alta, de cumbre andina, cráneo que admiraba de su obra la naturaleza no se atrevió a retocar qué habría de suceder?
Íbamos cierto día camino de Aguadas a Sonsón, nido de jardines y de mujeres hechizadoras que le hace olvidar las de sus delirios al poeta soñador. Fragante la mañana, límpido el cielo, las vacas rumiando en las colinas verdes, juguetones los torrentes, blanqueando las alquerías tras de sus setos y follajes en las alturas de la selva, el poeta, naturalmente sensible a las influencias exteriores, como diría un fisiólogo, estaba de alegra ánimo y comunicativo.
Él era ya el trovador glorioso de sus montañas nativas, y orgullo de la Patria; y entre sus compañeros, el que esto escribe un muchacho que lo admiraba y cuya melancolía genial llegó a impacientarlo a veces.
De pronto, algún pensamiento triste, nube de paso, sombreó su semblante: acercábase el día en que al oírle sollozar aquellas estrofas de su mítica belleza al río Aures, todos lloramos con el cantor de Julia, la pérdida de la casa paternal. Ah! Y no poder uno devolvérsela!
Entonces lo oí exclamar:
“La resignación es la virtud de la impotencia”. Y enseguida guardó silencio largo rato.
Y Gutiérrez erraba entonces.

Al leer estas anécdotas del ilustre escritor Gregorio Gutiérrez González, llega la nostalgia a instalarse en el corazón. En palabras de Lorenzo Cadavid Uribe, director del periódico La Acción en 1989:

Donde está el alma de Antioquia, ruda y franca, creyente y piadosa, alegre y juguetona, laboriosa y resignada, rebelde y fanática de la libertad y del derecho, con sus esperanzas y sus realidades, con todo su espiritualismo y su idealidad viviente, es en la Memoria sobre el cultivo del maíz en Antioquia, escrita por Gregorio Gutiérrez en nuestras propias montañas, en cuyas estrofas vació el poeta con maestría inigualable y con éxito seguro las faenas agrícolas la vida diaria de nuestros labradores, los ideales y sentimientos de nuestras gentes y de la montaña.
Las estrofas de Gutiérrez González tienen hoy su divina resonancia en los valles y en las crestas de nuestras cordilleras; su Memoria sobre el cultivo del maíz se repite con delicia en la cabaña del pobre y se declama con orgullo en el aposento del rico y en el gabinete literario.
En efecto, el lenguaje que cantaban dejativamente las comidas de los peones, los campestres, los loros, las sementeras de maíz, la cosecha de los cereales, se afinca en Sonsón y su vida en lo sucesivo comienza a transcurrir en la población donde tiene su casa y en el campo donde tiene su chagra. En la sociedad sonsoneña la presencia del cantor del virgiliano suscitó necesariamente las primeras inquietudes intelectuales, las preocupaciones literarias, la pasión por la poesía, el amor a los libros, a las tertulias académicas los diálogos, a las representaciones escénicas. Además debemos creer que el contacto familiar de la sociedad de aquellos años con Gutiérrez González fue siempre tan sostenido a lo largo del tiempo que no hubo actitud intelectual, ni gesto humano ni además histórico de este hombre famoso que no haya resonado a la postre en el contorno sonsoneño. Las huellas de su presencia en la sociedad quedaron allí, adjuntas al ambiente, como lo comprueban las anécdotas. Una huella de éstas me tocó verla, vivirla.
¿Cómo ocurrió lo que he dicho? Fue la víspera, casi, del centenario del vate. Unos albañiles desentejaban el techo de una casa donde él había vivido, cuando descubren, de pronto, una teja más sólida, visiblemente superior a las demás. Superior no por ser más antigua, o más nueva, o más grande, sino porque en ella con rasgos netos, característicos de una grafología indudable, aparecía, aparecía la firma auténtica de Gutiérrez González. Tal hallazgo en ese instante venía a coincidir singularmente con los actos programados para las fiestas centenarias: con las olimpiadas, con las recepciones de los juegos florales, con el monumento que iba a erigirse en el parque. Coincidía, sobre todo, con la admirable particularidad de que el morador de la casa era, precisamente el traductor de Virgilio, Mosén Roberto, que a esa hora en la biblioteca, aspiraba el rapé y pulía los últimos versos de su oda laudatoria al cantor de Julia. Yo, cabalmente andaba allí en aquellos momentos y presencié por lo mismo la irrupción de los albañiles con la teja circunstancial.
Este episodio no termina en la anécdota, sino que trasciende incuestionablemente un sector ultraespiritual. Quién no ve en este gesto del poeta la intuición del destino que habría de dársele, en lo futuro a la teja que él firmaba en estado de barro inicial, blando y grabable? Intuición que vino a cumplirse al pie de la letra el día mismo que fue instalada en las piedras del monumento; en el pedestal, donde ubicarían el busto del escritor.

Anécdotas de Gutiérrez González en Bogotá

Contó don Manuel Pombo que, paseando una noche con Gutiérrez González por las calles de Bogotá, por hacer reminiscencias de las costumbres de los tiempos felices de la vida de colegio

Contó don Manuel Pombo que, paseando una noche con Gutiérrez González por las calles de Bogotá, por hacer reminiscencias de las costumbres de los tiempos felices de la vida de colegio, entraron a tomar dulce en una modesta casa frecuentada por los estudiantes, en la calle de San Bartolomé. Les sirvió las brevas conservadas en almíbar, rodeadas de panes de yuca, según el uso tradicional, una muchacha rolliza, avispada, con gruesas y brillantes trenzas, vivo clavel en las mejillas, enaguas de letin, camisa bordada y sombrerito de paja. Pombo daba a su interlocutor el fraternal y cariñoso nombre de «Antíoco», el único con que había sido conocido en los claustros, y a este nombre levantó la cabeza la muchacha, con aire encogido, mitad travieso, preguntando si alguno de ellos era el señor Gutiérrez González, el poeta.

A la respuesta afirmativa, acompañada a la vez de una pregunta de admiración acerca del motivo de esa curiosidad, replicó ella que siempre había deseado conocerlo, pues admiraba y sabía de memoria gran parte de sus versos.

— ¡Vamos! Recítenos, pues, usted a Aures —le dijo Pombo.

Y ella, ruborizada y casi temblando, como un niño dice una lección, recitó la composición.

Con el último verso la muchacha levantó el revés del delantal para recoger una lágrima suspendida entre los párpados, y rápida se ocultó detrás del cancel.

Ruboroso y triste, volvió «Antíoco» a mirar a Pombo, diciéndole:

—Bueno… y qué?
—Cómo y qué…! ¿No sabes qué es eso? Pues eso es la fama, la fama, que es precursora de la gloria!

En los últimos años de su breve vida, y presintiendo quizás que moriría pronto, entró en su casa llevando en su mano un lazo de cabuya.

Su esposa Julia al verle le preguntó:
— ¿Qué vas a hacer con ese lazo?, ¿Antíoco?
—Voy a enredar la batatilla en él.
—No, dijo ella, dámelo que lo quiero para otro oficio.

Y respondió el amante esposo:
—No te doy el lazo, pero en cambio te doy mi mejor estrofa:
Juntos tú y yo vinimos a la vida
Y es preciso morir juntos los dos
Tú al extremo del lazo suspendida
Y al otro extremo suspendido yo.1

Hallándose el poeta con unos amigos disfrutando de una agradable tertulia, uno de ellos que sabía de su ingenio y facilidad para trovar, quiso picarlo diciéndole:

—Cuando sube para abajo, cuando baja para arriba.
A esto el poeta contestó de inmediato:
Lleva el volador la vara
En su rápida partida,
Cuando sube para abajo,
Cuando baja, para arriba.2

Buscaba un día un papel muy importante entre los cuchos de su escritorio; dio vueltas en vano, en todas las gavetas y recorriendo luego uno a uno sus manuscritos de toda clase, vio que ya se agotaban estos y el documento no aparecía; por fin el último le volvió la calma que ya empezaba a perder y dijo, alzándolo muy alto.

En la continua batalla
Que el entendimiento ofusca
Siempre el papel que se busca
Es el último que se halla.3

Comiendo una tarde en Niquía, hacienda un poco distante de Medellín, se presentó a atender el servicio de la mesa una señorita de la casa de una frescura y belleza difícilmente eclipsables. Vestida de campesina sencilla, traía su rosario al cuello, con la cruz visible sobre el pecho.

Rogaron los amigos del poeta que allí se encontraban para que hiciera una improvisación, dándole para tal efecto tres palabras: seno, rosario y cruz

Gutiérrez González obedeció sin demora alguna:

Sobre tu nevado seno
Brilla la cruz de un rosario
Y yo, pobre nazareno,
Muriera alegre y sereno
En ese hermoso calvario.

Un caso con Gutiérrez González

Estaba el poeta de “Aures” en Sonsón, donde de tarde en tarde solían él y dos o tres amigos hacer su hora de tertulia en una de las tiendas de la plaza. Asistía a escucharlos el familiar en el recinto, Botero Ruiz, discreto individuo y servicial además para los concurrentes, a quienes prestaba la comodidad de hacerles hasta sus mandados, pero quien, con todo y sencillez, introducía a veces su palabra en la conversación cuando, por ejemplo, era la oportunidad de relatar algo atinente en el tema del momento.

Estaba el poeta de “Aures” en Sonsón, donde de tarde en tarde solían él y dos o tres amigos hacer su hora de tertulia en una de las tiendas de la plaza. Asistía a escucharlos el familiar en el recinto, Botero Ruiz, discreto individuo y servicial además para los concurrentes, a quienes prestaba la comodidad de hacerles hasta sus mandados, pero quien, con todo y sencillez, introducía a veces su palabra en la conversación cuando, por ejemplo, era la oportunidad de relatar algo atinente en el tema del momento.
Estaba el poeta de “Aures” en Sonsón, donde de tarde en tarde solían él y dos o tres amigos hacer su hora de tertulia en una de las tiendas de la plaza. Asistía a escucharlos el familiar en el recinto, Botero Ruiz, discreto individuo y servicial además para los concurrentes, a quienes prestaba la comodidad de hacerles hasta sus mandados, pero quien, con todo y sencillez, introducía a veces su palabra en la conversación cuando, por ejemplo, era la oportunidad de relatar algo atinente en el tema del momento.

Como Gutiérrez González deseaba salir al campo en busca de luz y sol, confortantes, y de aire oxigenado en las selvas del Samaná, convidó uno de esos días a Botero Ruiz a que lo acompañara al paraje de “El Mulato”, donde el cantor tenía una pequeña tierra. Dos días después de llegados, se quedó sola la cocina porque la vieja que la atendía tuvo que viajar de improviso por la agonía de una hija.

Como habían convenido desde Sonsón quedarse allí la semana, tuvieron que distribuir la faena del yantar así: Botero Ruiz –que era un experto tirador con la escopeta– se iba al monte a cazar y Gutiérrez González, entretanto, se quedaba en la choza atento a mantener el fuego del fogón y a la cocina. Luego de regresar de la selva el cazador, agregaban a la olla de barro que contenía verduras, lo que se había cazado en la tarde.

Así pasaron el resto de la semana y, al terminar, volvieron a Sonsón. Días después, partió Botero con rumbo a la ciudad en busca de una orientación que le sacara un tanto de la triste existencia que soportaba desde niño en su solar. Y partió con un morral de indumentaria y algunos denarios proporcionados por los señores de la tertulia y, además, una carta de recomendación de don Gregorio para un amigo de Bogotá. Carta que no llegó a su destino, pues nuestro viajero atracó en Honda, donde fue recibido en un hotel importante como encargado del cuidado de las bestias de los huéspedes.

Una mañana, ocupado Botero Ruiz en su cotidiano oficio de picar caña para arreglar el alimento de los cuadrúpedos, se acercó a él un distinguido orador de gran porte, y de maneras cultísimas. Era sencillamente el doctor José María Samper, ya célebre, aunque aún no había sido constituyente, quien pasaba por entonces una temporada de veraneo con su familia en la Villa de Honda.

—Botero —le dijo a éste el eminente publicista—, ¿fuera usted tan amable de pasar a las oficinas del correo y me trae la correspondencia de prensa que viene de Bogotá?

—Yo gustosamente doctor, iría inmediatamente pero debo dejar concluida esta tara de picar esta caña y cuando termine, iré con la mejor voluntad.

—No —repuso el doctor Samper—, no se preocupe usted por eso. Vaya usted sin demora, pues me interesa, y yo, que también cuidé bestias en mi casa cuando muchacho, le sigo picando la caña.

Así se convino y así se cumplió.

Al cabo de los meses, volvió Botero Ruiz a Sonsón; volvió a hallarlo todo igual, como el poema: “La campana, la torre que blanquea”, la tertulia de Gutiérrez González y sus amigos, a la cual Botero Ruiz tornaba ahora nutrido de observaciones, de relaciones con gentes distinguidas, decía él, y, sobre todo, de aventuras corridas aquí y allá a lo largo de su ausencia.

Y aconteció que en una de aquellas tardes se comentó en la tertulia por el Dr. Gutiérrez González, la excelencia de un artículo político recientemente aparecido en un periódico de Bogotá, suscrito por el doctor José María Samper, y a propósito hizo Gutiérrez grandes elogios del destacado político, publicista y literato que era el doctor Samper; y cuando su discurso llegó al clima más emocionado, cuando estaba seguro de que cada frase suya sobre el célebre comentarista del derecho público colombiano caía dentro de un auditorio respetuoso, que no debía ignorar renombre del elogiado, entonces, le atajó Botero Ruiz con desparpajo para decirle:

—Oiga doctor Gutiérrez: a ese doctor Samper lo conocí yo muchísimo en Honda; por cierto que una vez lo tuve de ayudante picándole caña a las bestias del hotel en donde yo estaba.

—Falso —dijo el poeta de cultivo del maíz—. Todo se te puede perdonar a ti, es gracia de tu entrometimiento, pero no llegar hasta el cinismo. Primera vez que oyes nombrar a José María Samper y vienes a echarnos la fanfarronada de que le has siquiera tratado, y más que le has tenido de ayudante en un oficio que no en absoluto a las ocupaciones y a la categoría de aquel hombre.

—No es para tanto —le objetó Botero Ruiz—; no se enoje tanto don Gregorio que, así como usted me habla ahora, así mismo me hablaba él, acalorado, el propio doctor Samper, su sabio admirado y admirador, cuando yo le contaba en Honda que lo había tenido a usted de cocinero en “El Mulato"

Anécdotas o el Gregorio cotidiano

Fue en esta época donde el ilustre poeta escribió la mayor parte de su obra y vivió en la cotidianidad de la cultura antioqueña.

Pero no todo en la vida de Gregorio Gutiérrez González, durante los años de 1850 y 1867, fue la política. Fue en esta época donde el ilustre poeta escribió la mayor parte de su obra y vivió en la cotidianidad de la cultura antioqueña. Esto se refleja en la serie de anécdotas que a continuación se detallan, y nos dan cuenta de la capacidad inventiva con la que contaba el poeta, como un don, y del buen humor con el que encantaba las tertulias a las que asistía:

Estaba Gutiérrez González de Ministro del Tribunal de Justicia de la Provincia de Córdoba de Rionegro, en 1852. Frecuentaba la tienda de don Quintiliano Campuzano, donde había continua tertulia de los caballeros que charlaban sabrosamente. Una tarde, estando allí Gutiérrez González, pasó por la acera opuesta de la plaza, a una larga cuadra de distancia, la señora doña Juliana Isaza, esposa del poeta y éste por el momento no la conoció.

— ¿Quién es esa señora?, preguntó.
Don Quintiliano le respondió al momento:
—Cómo Doctor, ¿No conoce a misiá Julianita?
Gutiérrez González confesó que, en verdad a primera vista no había notado que fuese ella. Entonces el mismo Campuzano le dijo:
—A ver doctor, un verso a la señora
Gutiérrez, sin vacilar, contestó:
De esa mujer en los hermosos ojos,
Un universo de placer chispea;
Palidecen del sol los rayos rojos
Y vacila la vejez si pestañea1.

En otra ocasión, en la misma tertulia, afirmó Gutiérrez González que él era capaz de continuar la recitación de cualquier poesía escrita en verso castellano que se empezara a recitar. Don Quintiliano le respondió:

—Mire doctor, que le empiezo una que una que usted no podrá continuar:
— ¿Cuál? Dijo Gregorio
Ésta, replicó Campuzano:
— ¿Quién fue Alejandro, vencedor del Asia?

El doctor Gutiérrez no la había oído nunca, pero sin desconcertarse, exclamó:
¿Quién fue Alejandro, vencedor del Asia?
Un tronera no más don Quintiliano,
Que con su fuerte y poderosa mano,
Un continente entero esclavizó2.

En cierta ocasión en que Gutiérrez González, el eximio cantor del maíz y del Tequendama, contemplaba la bella cascada natural de Guadalupe, cerca de Santa Rosa de Osos, le interrogó un amigo:

—Hombre Gregorio, ¿ya le hizo versos?
Gutiérrez González, a quien la pregunta no le sonó muy bien, contestó fríamente:
— ¿Qué versos? ¿Por qué? Si yo no veo allí sino un río parado3.

Estando en Sonsón, vino a alojarse en casa de Gutiérrez el señor Vicente Holguín. Una mañana salieron juntos a la plaza y se encaminaron a una cantina que tenía don Anselmo Montoya, a quien pidieron sendas copas de aguardiente. Al apurar la suya, Gregorio se ahogó, tosió y se vio en mil apuros.

Entonces Holguín le dijo:
— ¿Con un trago de aguardiente te emborrachaste Gregorio?
Y éste, todavía medio ahogado, contestó:
— “Cállate, por Dios Vicente, que estoy pasando actualmente las penas del purgatorio”4

Recitaba una vez Gregorio Gutiérrez González, la tan conocida estrofa de Espronceda que principia:
Hojas del árbol caídas
Juguetes del viento son…

Al llegar al cuarto verso se equivocó y en vez de decir: “Ay, son hojas desprendidas”, dijo: “Son Ay”.
—Eso no es así. Gregorio, le objetó Camilo Antonio Echeverri.
— ¿Cuánto apuestas?, respondió Gregorio
—Diez patacones
—Convenido
Consultando el libro de Espronceda, resultó ser como Echeverri decía.
Entonces Gutiérrez González, sacando las veinte “cincanas” exclamó.

“Hojas del árbol caído
Juguetes del viento son…
Y las apuestas perdidas,
-son pesetas desprendidas-
Del fondo del pantalón”5.

Encontrándose en alegre reunión de amigos, apostaron sus contertulios, a cuál diría una palabra o una frase, en mayor número de idiomas. Hubo entre ellos quién mencionara la palabra Dios, en quince idiomas, otro que dijera en diez lenguas diferentes como sombra, como nada y cuando alguno dijo en griego: vanidad de vanidades y todo vanidad “mataios, mataiotetes, kai panta mataios”, díjoles Gutiérrez:

—Yo lo sé en sánscrito
Y con voz dulce y lánguida exclamó:
—“Kárpara, karpantana Elia tenía kárpara”…
Y todos le creyeron.

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