Obra dispersa

Este mundo es un fandango, quien no baila es un zoquete.

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EL CIMENTERIO

Hora fatal en que la luz perece,<br>y en que el horror de las tinieblas<br>crece.<br>MACBETH.<br><br>Sobre ignorada tumba solitaria<br>a la luz amarilla de la tarde,<br>voi a ofrecer al cielo mi plegaria<br>por la mujer que amé.<br>ZORRILLA.

De púrpura i grana los cielos teñía
El sol esplendente ocultando su faz;
la nube vagando su rayo encubría,
la niebla su disco siguiendo fugaz.

Con paso tardío su faz macilenta
allá en el ocaso se ve sumergir:
los grupos de nubes que el cielo presenta
parece su carro mortuorio seguir.

Cual fúnebre cuadro de un ser moribundo
que baja al sepulcro del regio dosel,
i el pueblo agrupado con duelo profundo
le sigue enlutado llorando en tropel.

Se avanzan las sombras con paso importuno
i enluta la tierra su negro capuz;
no luce en el cielo vestigio ninguno
de rayo amarillo de pálida luz.

En este momento, la tierra adormida
en sueño profundo parece que está...
Tan sólo se escucha vagando perdida
la voz agorera del ave que va...

Un círculo extenso, santuario medroso,
se ve con la luna que empieza a lucir...
Es, ¡ai! el recinto de eterno reposo
aguarda a los hombres que habrán de morir.

El sordo murmullo que elevan las gentes
no llega a esa triste luctuosa mansión;
i nunca las voces de alegres vivientes
la calma interrumpen del vasto panteón.

Los vicios i el crimen, calumnia i mentira...
mezclados se observan allá en la ciudad,
i en este recinto tan sólo se mira
emblema siniestro de eterna verdad.

Los sauces inclinan su copa flexible
las horas midiendo con lento compás,
su frente anunciando que fuera imposible
parar de los tiempos el curso fugaz.

Las tumbas se elevan de sombras cubiertas
que apenas se miran en la oscuridad...
Son tristes entradas que se hallan abiertas
del mundo de ensueños a la eternidad.

El silbo medroso del soplo del viento
entrando a las tumbas que abiertas se ven,
parece recuerda con lúgubre acento
el vago murmullo del tiempo que fue.

Un bulto se observa que puesto de hinojos
al mármol apoya la pálida faz
do dice: “De un joven los tristes despojos
en este sepulcro descansan en paz”.

Es, ¡ai! una virgen que lánguida asienta
sobre ese sepulcro doliente la sien;
cual blanca azucena que el aura violenta
sumerge en el lodo con crudo vaivén.

Parece la blanca visión vaporosa
de un alma que viene su cuerpo a buscar...
De un ángel la sombra fugaz, misteriosa,
que viene las tumbas con llanto a regar...

Ni un ¡ai! ni un gemido su pecho despide,
agita sus miembros convulso temblor...
Los ojos alzados, parece que pide
al cielo irritado le preste favor...

Su labio encendido posando ardorosa
do se hallan los restos de aquel que adoró,
aguarda que un beso de fuego en la losa
anime al cadáver que vida perdió...

Sus cárdenos labios de pronto balbucen,
i en súbito fuego se siente abrasar,
las fuerzas recobra, sus ojos relucen
con brillo funesto que causa el pesar.

Los clava en el cielo, su fija mirada
parece la esfera celeste romper;
levanta las manos i en tierra postrada
de Dios los arcanos pretende saber.

“¡Oh! bárbaro cielo, prorrumpe afligida:
“Do está tu justicia? dó está tu favor?
“¿Por qué me quitaste la prenda querida?
“¿Do se halla mi gloria, mi dicha i mi amor?

“¿Por qué no descarga tu brazo irritado
“su cólera injusta sobre otro mortal?
“¿Por qué tu justicia perdona al malvado
“I sólo a los justos repartes el mal?”

“¿Por qué de la vida borraste su nombre,
“su nombre inocente que intacto guardó?
“¿Así recompensas, Señor, aquel hombre
“que sólo en servirte su dicha cifró...?

“¡Oh! vuelve a la vida sus caros despojos,
“que vuelva con ellos el bien que perdí...
“Si puede mi vida calmar tus enojos
“envía furibundo tu rayo hacia mí...”

“¿I es cierto que a ese sepulcro sombrío
“no llega este llanto que surca mi faz?
“¿I es cierto que el hombre que muere,
¡Dios mío!
a ver a su amada no vuelve jamás...?

Calló... sus facciones el brillo perdieron
i al pie de su tumba la virgen cayó...
Calló... sus palabras heladas murieron;
sacrílego el labio por siempre selló...

Estállase el rayo, el trueno retumba,
con furia bramando sopló el huracán...
Parece que sale una voz de la tumba
que en roncos acentos repite: “JAMAS”.

Bogotá, 8 de Junio de 1844